21 nov 2008
7 nov 2008
1.11
Así es con los amores y los muertos. Los míos, como tantos, regresan.
Siempre, aún cuando no los llamo, vuelven. A veces me amonestan, otras me escuchan, la mayoría de las veces simplemente se ponen a mirarme.
Intervienen mis sueños, aparecen dentro de mis secretos, los conocen. Se burlan de mis miedos, me asustan recordando lo que creía olvidado.
Mis muertos son menos drásticos que los muertos de Juan Rulfo y menos enigmáticos. Esto no quiere decir que puedo manejarlos a mi antojo, pero sí que además de venir cuando ellos quieren, suelen venir cuando los llamo y entender el presente y hasta explicármelo.
Supongo que algo así le pasa a todo el mundo, que aquellos que han perdido a quienes fueron tan suyos como su índole misma, los evocan a diario con tal fuerza que los hacen volver a sentarse en la orilla de su cama, a seguirlos con la vista desde una fotografía, a pasarles la mano por la cabeza cuando creen que la vida es tan idiota que no merece el cansancio.
La muerte nunca es sino violenta. No creo eso de que uno pueda aceptarla como el destino natural de quien vive. Semejante certeza cabe en nuestra razón, pero no se acomoda bien en nuestro ánimo...
Sin embargo, mis muertos me ayudan a vivir. Me recuerdan que yo soy responsable de su supervivencia, que estando en mi memoria siguen vivos. Por eso andan conmigo todo el tiempo y ando yo en ellos siempre.
17 oct 2008
Una buena manera de definirse un Libra
Ángeles Mastretta, en su Puerto Libre
13 oct 2008
ellos van creciendo y tú te haces mayor
"...los bebés suelen llorar y uno no sabe, en la mayoría de los casos, qué hacer, si llorar con ellos o preguntarse qué es lo que ellos saben y que nosotros hemos olvidado. Los bebés son como un lenguaje olvidado."
Roberto Bolaño, en entrevista.
...Bucle imposible, donde te parece que ellos, que acaban de llegar, saben algo de después... ...Como si volvieran, con sus sonrisas, del final del asunto.
16 ago 2008
cualquier tarde estival...
Mientras, yo he intentado concentrarme en mi lectura, una colección de relatos urbanos de Juan José Millás, tan reales e irónicos como la vida misma. En éstos, la ciudad es el enclave para reflejar los entresijos de las relaciones humanas, deterioradas por la vorágine actual. Los protagonistas utilizan diversos mecanismos de defensa para rescatarse de su deshumanizada cotidianeidad: ironía, fantasía, mentira, etc.
Pero no he conseguido concentrarme, porque pensaba que el encuentro con esa pareja había tenido mucho de humano. Había sido de una simplicidad cálida, sólo hecho de gestos y de apenas un par de frases. De repente, el atender a mi lectura, a sus argumentos construidos a partir del surrealismo puro de situaciones comunes, se me antojó irreal, mezquino, porque me introducía en una burbuja de ausencia, me desconectaba de ese encuentro casual que estaba empezando a disfrutar.
Digamos que el encuentro con esa pareja de ancianos activó en mí algún resorte sensible, y merecía de toda mi atención. Además, mientras hacía que leía, pude experimentar la sensación que suponía "salir de mi" y observar el cuadro: los dos viejos, la mujer leyendo el periódico en voz alta, y el hombre, manso, dejándola hacer, y mirándome de vez en cuando, girando levemente la cabeza, lo suficiente como para no hacérmelo notar, y yo haciendo como que leía.
Sólo entonces fui consciente de la plenitud de ese instante, de la carga de significado de ese rato de silencio.
El hombre me ha parecido muy solo. Muy bueno, pero muy solo. Lanzaba tímidos comentarios al aire, dirigidos aparentemente a nadie en particular, pero que sin duda esperaba que yo apostillara (lo que molestaba el sol, tan tendido a esa hora de la tarde.... la incredulidad ante la afirmación de Zapatero de que España es de los países europeos que menos notará la crisis... que si los vecinos de enfrente, los que estaban sentados en la terraza, merendaban...) Me ha dado un poco de lástima no replicar a ninguno.
Al final he decidido irme, y el hombre, viendo creo la oportunidad de dirigirme algunas palabras, me ha regalado un folleto de la campaña informativa del ayuntamiento de Madrid dirigida a los mayores: "Cómo protegernos ante el calor excesivo".
Después de intentar renunciar por cortesía, lo he cogido y le he dado las gracias. He dicho algo sobre los buenos hábitos de salir a la calle hidratado, y me he despedido. Me he ido con una extraña serenidad y con bastante emoción.
Creo que me he visto reflejado en la actitud del anciano. Me ha emocionado su mansedumbre, su potente serenidad. Ese comportamiento calmo estoy acostumbrado a verlo en las gentes de edad de los pueblos, en los ancianos que se asolean en los bancos de la plaza, que ven alargarse las sombras de los árboles, y sopesan la densidad del silencio. Lo que me ha sorprendido es haber podido descontextualizar ese comportamiento de un núcleo rural (donde es más proclive a manifestarse) y situarlo en una gran ciudad como Madrid.
No he visto en los ojos del anciano rasgos de tormento, aceleración, ironía, fastidio o desasosiego. Sólo serenidad.
Y ha sido un gran regalo.