1 dic 2012
19 sept 2011
13 jul 2011
me alegro de haberte conocido, amigo
No estás deprimido, estás distraído …
…Distraído de la vida que te puebla,
Distraído de la vida que te rodea,
Delfines, bosques, mares, montañas, ríos.
No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano,
cuando en el mundo hay cinco mil seiscientos millones.
Además, no es tan malo vivir solo.
Yo lo paso bien, decidiendo a cada instante lo que quiero hacer y gracias a la soledad me conozco…… algo fundamental para vivir.
No caigas en lo que cayó tu padre, que se siente viejo porque tiene setenta años, olvidando que Moisés dirigía el Éxodo a los ochenta y Rubinstein interpretaba como nadie a Chopin a los noventa, sólo por citar dos casos conocidos.
No estás deprimido, estás distraído.
Por eso crees que perdiste algo,
lo que es imposible, porque todo te fue dado.
No hiciste ni un sólo pelo de tu cabeza,
por lo tanto no puedes ser dueño de nada.
Además, la vida no te quita cosas: te libera de cosas… te alivia para que vueles más alto, para que alcances la plenitud.
De la cuna a la tumba es una escuela;
por eso, lo que llamas problemas, son lecciones.
No perdiste a nadie: El que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además, lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón.
No hay muerte… hay mudanza.
Y del otro lado te espera gente maravillosa: Gandhi, Miguel Ángel,
Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuelo y mi madre, que creía que la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas y nos aleja, porque nos hace desconfiados.
Haz sólo lo que amas y serás feliz.
El que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar, porque lo que debe ser, será y, llegará naturalmente.
No hagas nada por obligación ni por compromiso, sino por amor.
Entonces habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible y sin esfuerzo, porque te mueve la fuerza natural de la vida, la que me levantó cuando se cayó el avión con mi mujer y mi hija; la que me mantuvo vivo cuando los médicos me diagnosticaban tres o cuatro meses de vida.
Dios te puso un ser humano a cargo y eres tú mismo.
A ti debes hacerte libre y feliz.
Después podrás compartir la vida verdadera con los demás.
Recuerda : “Amarás al prójimo como a ti mismo”.
Reconcíliate contigo, ponte frente al espejo y piensa que esa criatura que estás viendo es obra de Dios y decide ahora mismo ser feliz, porque la felicidad es una adquisición.
Además, la felicidad no es un derecho,
sino un deber; porque si no eres feliz,
estás amargando a todo el barrio.
Un solo hombre que no tuvo ni talento ni valor para vivir,
mandó a matar a seis millones de hermanos judíos.
Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo.
Tenemos para gozar la nieve del invierno y las flores de la primavera,
el chocolate de la Perusa, la baguette francesa,
los tacos mexicanos, el vino chileno,
los mares y los ríos, el fútbol de los brasileños,
Las Mil y Una Noches, la Divina Comedia,
el Quijote, el Pedro Páramo,
los boleros de Manzanero y las poesías de Whitman; la música de Mahler, Mozart, Chopin, Beethoven;
las pinturas de Caravaggio, Rembrandt, Velázquez,
Picasso y Tamayo, entre tantas maravillas.
Y si tienes cáncer o sida, pueden pasar dos cosas y las dos son buenas:
si te gana, te libera del cuerpo que es tan molesto (tengo hambre, tengo frío, tengo sueño, tengo ganas, tengo razón, tengo dudas)…
y si le ganas, serás más humilde, más agradecido… por lo tanto, fácilmente feliz, libre del tremendo peso de la culpa, la responsabilidad y la
vanidad, dispuesto a vivir cada instante profundamente, como debe ser.
No estás deprimido, estás desocupado.
Ayuda al niño que te necesita, ese niño que será socio de tu hijo.
Ayuda a los viejos y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas.
Además, el servicio es una felicidad segura, como gozar de la naturaleza y cuidarla para el que vendrá.
Da sin medida y te darán sin medida.
Ama hasta convertirte en lo amado;
más aún, hasta convertirte en el mismísimo Amor.
Y que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas.
El bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso.
Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, hay millones de caricias que alimentan a la vida. Vale la pena, ¿verdad?.
Si Dios tuviera un refrigerador, tendría tu foto pegada en él.
Si Él tuviera una cartera, tu foto estaría dentro de ella.
El te manda flores cada primavera.
Él te manda un amanecer cada mañana.
Cada vez que tú quieres hablar, Él te escucha, El puede vivir en cualquier parte del universo, pero Él escogió tu corazón. Enfréntalo, amigo, ¡Él está loco por ti!
Dios no te prometió días sin dolor, risa sin tristeza, sol sin lluvia, pero él sí prometió fuerzas para cada día, consuelo para las lágrimas, y luz para el camino.
“Cuando la vida te presente mil razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones por las cuales sonreír”
Facundo Cabral (in memoriam)
Más información en http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2011/07/12/p298849#more298849
15 oct 2010
18 ago 2009
ya se dijo en 1990...
Hans Küng
Proyecto de una ética mundial

http://www.flickr.com/photos/33600809@N07/3662710715/
10 may 2009
22:30h
Estoy cansado.
Regreso a casa en metro.
Está lleno. Tengo que ir de pie.
Una pareja está sentada justo delante de mí.
El chico le está haciendo un truco de magia. Esconde una bolita de papel en la palma de la mano. La cierra, y la mantiene boca arriba. Con los dos dedos de la otra mano recorre despacio el antebrazo de la mano que esconde la bolita. El derecho. Poco a poco. Despacio. Subiendo hasta el codo. Hasta el hombro. Hasta que la hace aparecer por detrás de la oreja derecha.
La chica le recompensa con una sonrisa sin demasiada convicción, como si fuera algo que el chico le repite constantemente.
Levanta la vista para ver si alguien les ha visto, y topa con mi mirada. Ve que sonrío. Ya sabe que yo sí.
Sonríe y baja los ojos.
Y se obliga a ser cariñosa con el chico. Le da un cachete dulce en la mejilla y le ladea la cara suavemente a un lado.
En ese momento me da la sensación de que no habría tenido ese gesto espontáneo si yo no la hubiera estado mirando. La vergüenza ha hecho de resorte.
Y he pensado que ésta es una de las pocas ocasiones en que este sentimiento genera algo diminutamente hermoso.
3 abr 2009
Marina, José Antonio: "Teoría de la inteligencia creadora". Anagrama, Barcelona 1993
11 mar 2009
Cinco años después...
A ese rostro probablemente un destino.
Nunc Dimittis - Albert Alcaraz.
10 mar 2009
Me he bebido de un trago tu carta / y después me la he vuelto a beber/He velado una vela sin tarta, / harta ya de estar harta otra vez. / Le he pedido a Cupido la cuenta / he pagado con sangre la afrenta de volverme loca. / He vencido al amor por las malas, / me he cosido un corpiño antibalas / pensando en tu boca.
Y además, / como no sabía rezar, / me dió por coleccionar / letanías y escapularios, / por culpa del incendiario / hielo que me consumía. / Para curar tus ojeras, / me doctoré en oraciones / de todas las religiones verdaderas.
Empeñé nuestro ajuar de soltera / diez minutos después de enviudar. / Un alivio de luto me espera / en el fruto del jacarandá./ He pintado la alcoba de rojo, / he regado con sal el rastrojo / que pudo haber sido. / He dejado la llave en la puerta, / me he bañado en la playa desierta / del mar del olvido.
Y además, / como no sabía volar, / me dió por coleccionar pañuelos y golondrinas, / por culpa de la rutina / del vaivén de las aceras. /Para curar tus ojeras, me doctoré en oraciones / de todas las religiones verdaderas.
Y, sin embargo, / ajenos a mis conjuros, / en almacenes oscuros, / se amontonaban los días, / cada noche más amargos, / y en el andén del futuro, / los trenes de ceercanías / seguían pasando de largo / entre tu cama y la mía.
Y además...
Para curar tus ojeras / me doctoré en oraciones / de todas las religiones verdaderas.
Y además...
25 feb 2009
¿para qué leer?
Para tener un libro en el bolsillo y ocuparse de un mientras, un ya veremos y un entretanto. Por vista, gusto, tacto, olfato y oído y para saber qué alumbra lo que tanto nos gusta. Por ego y por apego. Para esconderse, para mostrarse, para vestirse, para desnudarte. Porque sí, por si, porque no, para no. Para ser feliz, por no ser feliz, por infeliz. Para andar el camino, para olvidar el camino, para construir un camino, para hacer un alto en el camino. Para no perder el tren.
Para mirarse en el espejo y conocer quién nos habla desde el otro lado de aquél.
Para ver el humo que avisa dónde está el fuego. Porque sólo entonces soy como te quiero. Para tener la libertad que no tiene el solitario. Para pedirte perdón por el daño que me hiciste, echar sal en mis heridas e intentar saber cómo me llamo. Porque puedes estar en misa y repicando, nadar y guardar la ropa, ser Caín y el guardián de tu hermano. Porque si no se las lleva el viento, arden las palabras. Para conocer la voz de mi amo y para ver de una vez si alcanzo el silencio. Para ser el enfermo y el psiquiatra. Porque yo no soy como te amo.
Porque el poema es una copa de vino, y se fue, y el mañana no ha llegado. Por punto de partida y de hoja en hoja, y leo porque me toca. Porque hay vida más allá del punto y aparte y es sano andar a pie de página. Para no ser ciego en Granada ni que nos obliguen a elegir entre la pena y la nada. Para jugar con fuego y no salir quemado. Porque la letra con letra entra, y sale, y vuelve a entrar como beso que no quiere que te calles. Para tirar la mano, esconder la piedra y mojar el pan en sangre ajena. Para que me llames y me ames. Para acabar con la propiedad privada de las palabras. Porque si echas cuentas te sale a cuento, y hasta te sobran dos quijotes y medio sancho. Y, por los libros de los libros, mal o bien, pero amén.
18 ene 2009
El partido de Reyes
Stop, Félix ¡A clase!
En verdad, nadie disfrutaba el juego como él. Le iba la vida. Si lo felicitabas por un disparo, ese punterazo al azar que acababa en gol, se abrazaba a tí con un afecto desmedido, abrumador, y te comía a besos, y temías que te lamiese la mejilla con su larga lengua rosada, hasta que lo apartabas, y limpiabas el salivado rubor con la manga. A veces, hipnotizado por el rodar del balón, se confundía de equipo, y disputaba la posesión a un compañero. Si le reñías, quedaba apesadumbrado, y sus ojos rasgados y distantes uno de otro, como los de un batracio, parecían expresar dos desconsuelos a un tiempo.
No quiero ser cínico. De críos, a Félix, o Feliz, le llamábamos como insulto Mongol. A mi me borró esa tendencia mi madre de una bofetada en los morros. Y cuando pasó el disgusto, me contó la historia de aquella criatura que al nacer tenía la piel suave y membranosa de una uva. Fue también entonces la primera vez que oí hablar del Síndrome de Down. Tal como yo lo entendí, una cosa era Félix, que era como nosotros, y otra, una especie de duende relojero llamado Down que maquinaba por dentro para cambiarle la hora, distorsionarle el micrófono de la voz y volver áspera y pasa su piel de uva.
En medio de los contratiempos, había algo admirable en el desfase horario de Félix. La misma porfía que ponía en la caza del balón, la empleaba en las tareas escolares. Nuestra caligrafía, por ejemplo, se había ido encogiendo o agrandando, la líneas ascendían o decaían, las letras altas se alzaban más o perdían su altiva cresta, e incluso había quien dejaba la "i" sin su bonito punto, capada, como si la vida empezara a apremiarlos hacia ninguna parte. Él, no. Él perseveraba en un desafío permanente con la perfección, enderechando la escritura por el zócalo de las líneas, inclinándose en las curvas como un ciclista, y ajustando la medida como si a cada letra le correspondiese un crisol natural e invisible.
En pinturas y dibujos, fuese cual fuese el asunto propuesto por el maestro, siempre incorporaba una grúa de la construcción y un tendal. Si era un paisaje marino, él chantaba una grúa entre las olas y donde ataba el tendal, con el otro extremo en tierra, o situaba la grúa en la costa y alargaba el tendal hacia el mástil de un barco o en el pico de un alcatraz, con una ringlera colgante de piezas de ropa que rotulaba fosforescentes en lila o amarillo limón. El maestro le daba vueltas y vueltas a aquella fijación, pero cualquiera de nosotros podía ver su sentido del márketing, la marca inconfundible de Grúas Ferreiro, la empresa del padre, y el magnífico tendal, la espléndida guirnalda, con colchas y alfombras, que su padre instalaba en el balcón. Por lo demás, y durante muchos años, Félix pintaba el mar de color naranja, las nubes intensamente oscuras y ceñudas y un sol verde, grande como una manzana camoesa.
Cuando comenzamos a jugar en serio, con partidos concertados fuera de la escuela, Félix no era convocado, pero él se presentaba siempre, avisado por un sexto sentido, y muy animoso tras la silenciosa cuadrilla. Nos hacía sentir incómodos, pero Valdo Varela, el más decidido, muy capitán, le impartía órdenes sin miramientos.
-Tú, Félix, de recogepelotas. ¡Así empezó Maradona!Y Félix, o Feliz, correteaba atareado por las bandas, con la larga lengua fuera, pero sin descanso, y brincaba los setos tras los balones perdidos con un entusiasmo profesional. Si vencíamos, Varela sabía tener con él la grandeza de un líder: "¡Lo has hecho muy bien, Dieguito!". Pero si perdíamos, lo dejábamos atrás como una oveja coja.
Nuestros partidos, a la manera de los de los mayores, tenían una segunda parte más secreta. en algún cobertizo, tras la tapia del cementerio o entre las rocas de Beiramar, fumábamos los primeros pitillos. Lo hacíamos con mucho paripé, serios y solemnes, como si cada vaharada fuera una firma de notario que adelantase el futuro. Félix se reía. Le decíamos: "¡Venga una calada, campeón!". Pero él lo rechazaba y nos observaba con esa mirada caústica de quien está de vuelta de todos los vicios.
-¿No irás por ahí con el cuento?
-Con el cuento, con el cuento -repitió Félix, riendo a su manera.
-Pues entonces -se levantó Varela muy violento con el chester en la mano-, ¿por qué no fumas, infeliz del carajo?
Félix miró a los demás, buscando un noray, pero el chiste ya estaba en marcha. Cogió el pitillo con la mano temblorosa y se lo llevó a la boca, mordiendo el filtro. Aspiraba y soplaba seguido, sin soltarlo. Estaba atufado, congestionado. El humo le salía por el vidrio roto de los ojos. Hasta que escupió todo, tosiendo, con las manos en el pecho, y Varela le dijo: "¡Muy bien, Maradona, muy bien! Estás hecho un hombre".
Para el día de Reyes, habíamos pactado un partido contra los de las Casas Baratas. Una prueba de fuego, aunque el tiempo era de invierno crudo, desterrado el sol desde el San Martín. Los días transcurrían entre diluvios, encogidos como mendigos en una pegajosa anochecida. Nos daba calor el balón. Calentando en los soportales, esperábamos el día con la fe de los cristianos en el calendario, mientras el resto del mundo, pasado el desahogo del Fin de Año, proseguía, sombrío y entumecido, su rutina.
Hasta entonces, la única relación que habíamos tenido con los de las Casas Baratas era el lanzamiento mutuo de pedradas. Una rivalidad tribal, dictada por el suelo, entre Vikingos, ellos, instalados en el arrabal, y los Madamitas, como ellos nos llamaban a nosotros, a los de siempre, a los de la Plaza. Medirse en el fútbol era distinto. Se trataba del honor, fuese eso lo que fuese. Una histórica contienda que nos tuvo ocupados toda la semana.
Y allí estábamos el día de la verdad. Con los pies helados y el corazón brioso. La cita era en el campo de Agra Vella, donde jugaba el glorioso Unión de Beiramar la liga de la Costa. Había llovido por la mañana, y el campo, a la orilla del río, era un archipiélago, con una calva de arenas movedizas delante de cada portería. Pero nadie iba a recular.
-¿Dónde está Varela?
Nos faltaba uno. Nuestro capitán. Lo retendrían en casa, con alguna labor. Estaría en camino. Hicimos tiempo. Varela era nuestro central. No hacía virguerías, pero era un auténtico destructor. Gritaba tanto que teledirigía el equipo y acojonaba al rival. Hasta el balón rodaba aturdido cuando iba hacia él, y frenaba antes de llegarle al pié. Por enésima vez, oteé encaramado a la valla de madera. El camino, surcado por el agua desbocada, era como un río desmemoriado.
-El Varela no viene -aventuró Zezé.
Los de las Casas Baratas se fueron colocando en perfecta formación. Callados, la mirada dura, casi todos rapados como si los soltasen del Reformatorio, con los brazo tensados, a punto de desenfundar un revólver invisible. De entre ellos, el que tenía la voz cantante era el guardameta. Lo conocía de vista. Coco liso. Le llamaban Tokyo.
-No va a venir. Te lo digo yo. Tiene miedo a ese bestia.Zezé era menudo de cuerpo, pero muy bravo. Fibroso, siempre alerta, mitad ratón y mitad gato, trastornaba el área contraria y era capaz de tumbar a un defensa sin tocarlo, sólo con el baile. Nunca buscaba el cuerpo a cuerpo, el enfrentamiento. Tenía esa cualidad de hacerse respetar de abajo arriba.
-¿Miedo Varela?
-El otro día le hizo un corte de mangas desde el bus y ahora se raja. No va a venir. En el fondo, es un cagón.Como si nos leyese el pensamiento, desde el campo contrario, a la manera de un pastor que ordena el rebaño, nos gritó el coco liso.
-¿Qué? ¿Jugamos o lo dais por perdido?Tokyo era un tipo imponente. Hacía por dos de nosotros, pero tampoco era el más viejo. Al parecer, de niño se fracturó la rodilla saltando el muro de la rectoral para robar fruta y en el hospital habían experimentado con él un nuevo complejo vitamínico. Eso era lo que contaban. Ahora, al verlo enfrente, lamenté no haberme roto yo también la rodilla.
-¡Nos falta uno! Podemos jugar otro día.
-¡Yo cuento once! -gritó, sarcástico, el gigantón.
Y entonces fue cuando vimos, sonriente en la banda, con su balón de Reyes Magos, de estreno, debajo del brazo, en brillante blanco y negro, como un ajedrez esférico, rotulado rombo a rombo por él mismo. Vestía la flamante camiseta de Grúas Ferreiro, caída como una túnica hasta las rodillas, marcando así una barriga en forma de aguacate.
-¿O es que el mongol no juega?
-¡Se llama Down! -gritó Zezé con coraje.
Los propios compañeros lo miramos muy extrañados.
-Tiene nombre, ¿sabes? ¡Se llama Down!Zezé llamó a Felix. Él acudió corriendo, excitado.
-¿Quién es? ¿Un fichaje ingles? -ironizó alguien en el otro lado.
-Sí. Es nuevo en el equipo.
-Hoy no vas a recoger pelotas. Vas a jugar de titular.
-Titular.
-Sí, titular. Aquí. Con tu equipo.
Le temblaban las piernas. La mirada desdoblada entre el enemigo y nosotros.
-Te llamas Down -le dijo Zezé con firmeza-. Desde hoy eres Down, nuestro lateral derecho.
-Down. Lateral derecho.
-Eso es. vas a defender. Tú estate ahí, en esa banda. Que no pase el balón. Chuta hacia delante. Siempre hacia delante. ¿Entendido?
-Siempre adelante.
-Ahora, fíjate bien en lo que voy a decirte, Down. Es muy importante. No dejes sola tu banda. Pegado siempre al delantero. No lo sueltes nunca, nunca. No lo dejes respirar. ¿Ves esta raya?
Down seguía la marca, casi borrada por el agua. La rotulaba de nuevo con los ojos.
-Pues aquí, en esta raya, paras.Down se quedó pensativo. Parecía calibrar su crédito, la tremenda responsabilidad de asumir un límite.
-Parar en la raya.
-Muy bien,Down ¡Vamos a ganar este partido!
No. No íbamos a ganarlo. Sufrimos mucho. Pero tampoco estábamos haciendo el ridículo. Ellos marcaron un gol nada más comenzar. Reaccionamos. El problema era que llegábamos con mucha dificultad a la portería del rival, y cuando lo conseguíamos, el coco liso era, como diría el presidente del Unión, un muladar imbatible.
Pero peleamos sin bajar la cerviz. Y entre todos, con su larga lengua fuera, quien más luchó fue Félix, nuestro lateral Down, ceñido al delantero como una sombra. La cara arañada, el labio partido, una costra ocre de fango y sangre, en las rodillas. No fue esa banda nuestro flanco débil. No. Al revés. Cuando esperábamos el final del suplicio, Down cortó un pase del contrario y arrancó tras el balón a trompicones, con esa manera atropellada de correr que tenía, desconcertando a los que le salían al paso, avanzando en sorprendentes errores que el balón, como si tuviera vida propia, transformaba en regates.
Y pasó la raya prohibida. Esquivó a tres más, sin mirarlos, con la orientación de un ciego, y se plantó enfrente de Tokyo.
-¡Tira, Down! ¡Tira!
Hizo lo más difícil. Intentó driblar al gigante, y de hecho, lo sentó de culo sin tocarlo, pero Tokyo reptó en el lodazal como un cocodrilo y trabó con las fauces de las manos el pié izquierdo de Félix. Era un penalti claro, la máxima pena, pero nadie reclamó. Todos los demás fuimos ralentizando la escena hasta quedar inmóviles y mudos espectadores de aquel duelo. El gigante intentó sujetar la pierna de Félix para derribarlo, pero se le fue escurriendo. A la desesperada, agarró la bota, y la sacudió en las manos como un pez vivo. Liberado del cebo, tambaleándose, Félix avanzó hacia la meta. En aquel tris inconcebible, los postes y el larguero de eucalipto, mal pintados, con la memoria reverdecida de la antigua piel, formaban un arco del triunfo en el horizonte. Había dejado de llover. De entre las nubes, salió el efecto especial de un haz de luz que parecía enfocar al héroe. Había surgido también de improviso la pirotecnia del arco iris y pisábamos en las pozas las serpentinas caídas de aquel cielo poco antes pavoroso.
Creo que los de las Casas Baratas y nosotros comprendimos en aquel momento, de alguna manera, lo que el viejo párroco, el iracundo don José, llamaba el Estremecimiento Divino. Después de la representación de la Pasión de Cristo en la Semana Santa, nos interpelaba con el disciplente sarcasmo de quien trata con una tribu de paganos irrecuperables: "¿Habeis sentido el Estremecimiento Divino?"
-Eso sí, don José.Nos daba mucha risa ver al concejal Bartal vestido de centurión romano, con la panza de un buey, las piernas trencas al aire, impartir órdenes por un megáfono: "¡El buen ladrón que tire ese puro! ¡En la Santa Cruz no se fuma, hostia! ¡Es un ultimato! Educación, señores, ¡me cago en el infarto del Sagrado Corazón!"
Félix y el Estremecimiento. Los sentimientos tienen días. Eyes hablar de ellos. Están ahí, como una simiente. Hay sentimientos que no nacen nunca, que sólo los conocemos de oídas o lo s imaginamos. Recuerdo esa escena, por otra parte cómica, como el día en que conocí la emoción. La sentí de verdad. Una planta que trepaba por los pulmones, por la garganta, y hacía cosquillas en los ojos.
Iba a meter un gol, con el monstruo derrumbado a sus espaldas y un aura de luz que se refractaba el la camiseta de Grúas Ferreiro. Lento, lentísimo. El resto, espetados como esfinges de terracota. Pero entonces, fue cuando noté una corriente de frío en las turbas del cerebro, que replegó la planta de la emoción. Un presagio. Un fatídico augurio.
No iba a pasar la raya. Nunca.
Y en efecto. Félix se clavó con el balón a un lado de la meta. Miraba ese su balón de estreno, el balón de Reyes, todo sucio y empapado, convertido en un recuerdo de guerra. Iba a llevárselo a las manos. Yo intuía, sabía, que ahora iba a llevárselo a las manos sin rematar la jugada. Los de las Casas Baratas se rieron. El grandullón Tokyo, el guardameta vikingo, se irguió de nuevo. La realidad dejó de rodar a cámara lenta.
-¡Tira, Down!Me salió el grito de los adentros, un gallo distorsionado y ronco que nunca antes había oído. Pero siguió sin moverse, hasta que surgió la voz de Zezé.
-¡Tira, Félix!
-¡Tira de una puta vez!
-¡Pasa la raya, Félix! ¡Pasa la raya!Entró, entró. Félix apañó el balón del fondo de la red, lo limpió con las mangas, y volvió cabizbajo, cojeando, con la cara arañada, con su labio partido. Hacia fuera, la larga lengua rosa, como en pico de un cisne. Corrimos hacía el. Lo abrazamos. Esos ojos rasgados y separados. Ese respirar entrecortado. El vapor de su boca en la anochecida. Su barriga de aguacate. Ese beso de saliva y carmín de sangre.
también pueden convertirse en sinfonías.
A Angel González, poeta.
Ángel siempre se dedicó a civilizar, sabiendo que la naturaleza era extraña. De niño, en la posguerra, vio que una patata cocida se movía en el plato. Pensó que era un episodio del realismo mágico hasta que descubrió que la llevaba en el lomo una cucaracha. Mataron a su hermano cuando era niño rojo, aunque él amaba una muchacha de calcetines blancos. Y en aquellas fechas un antiguo conocido, ufano con los correajes fascistas, le colocó una pistola en el pecho: "Mataremos a toda tu estirpe". Nosotros también intentamos matarlo. Lo llevamos a un acantilado, en el faro de Hércules, como extra en una película. Y él acudió generoso. Era agosto. Buen mes para los crímenes de antaño. Pero ocurrió algo imprevisible. Cuando llegó la hora de fusilarlo, se levantó un temporal no pronosticado. Toda la noche se encrespó furiosa la mar y no hubo forma de abatir al poeta. Dos noches lo intentaron, dos noches el océano lo impidió. Por eso no me creo lo que cuentan los periódicos desde la capital. Esa noticia de que se ha muerto Ángel González. Y si finalmente se confirma, proclamo lo que Antón Tovar cuando tropezó con el entierro de un niño: ¡No estoy de acuerdo!
Artículo de Manuel Rivas, bajo el título, “Requiem”. Publicado en El País, el 19 de enero de 2008
21 nov 2008
7 nov 2008
1.11
Así es con los amores y los muertos. Los míos, como tantos, regresan.
Siempre, aún cuando no los llamo, vuelven. A veces me amonestan, otras me escuchan, la mayoría de las veces simplemente se ponen a mirarme.
Intervienen mis sueños, aparecen dentro de mis secretos, los conocen. Se burlan de mis miedos, me asustan recordando lo que creía olvidado.
Mis muertos son menos drásticos que los muertos de Juan Rulfo y menos enigmáticos. Esto no quiere decir que puedo manejarlos a mi antojo, pero sí que además de venir cuando ellos quieren, suelen venir cuando los llamo y entender el presente y hasta explicármelo.
Supongo que algo así le pasa a todo el mundo, que aquellos que han perdido a quienes fueron tan suyos como su índole misma, los evocan a diario con tal fuerza que los hacen volver a sentarse en la orilla de su cama, a seguirlos con la vista desde una fotografía, a pasarles la mano por la cabeza cuando creen que la vida es tan idiota que no merece el cansancio.
La muerte nunca es sino violenta. No creo eso de que uno pueda aceptarla como el destino natural de quien vive. Semejante certeza cabe en nuestra razón, pero no se acomoda bien en nuestro ánimo...
Sin embargo, mis muertos me ayudan a vivir. Me recuerdan que yo soy responsable de su supervivencia, que estando en mi memoria siguen vivos. Por eso andan conmigo todo el tiempo y ando yo en ellos siempre.
17 oct 2008
Una buena manera de definirse un Libra
Ángeles Mastretta, en su Puerto Libre
13 oct 2008
ellos van creciendo y tú te haces mayor
"...los bebés suelen llorar y uno no sabe, en la mayoría de los casos, qué hacer, si llorar con ellos o preguntarse qué es lo que ellos saben y que nosotros hemos olvidado. Los bebés son como un lenguaje olvidado."
Roberto Bolaño, en entrevista.
...Bucle imposible, donde te parece que ellos, que acaban de llegar, saben algo de después... ...Como si volvieran, con sus sonrisas, del final del asunto.
16 ago 2008
cualquier tarde estival...
Mientras, yo he intentado concentrarme en mi lectura, una colección de relatos urbanos de Juan José Millás, tan reales e irónicos como la vida misma. En éstos, la ciudad es el enclave para reflejar los entresijos de las relaciones humanas, deterioradas por la vorágine actual. Los protagonistas utilizan diversos mecanismos de defensa para rescatarse de su deshumanizada cotidianeidad: ironía, fantasía, mentira, etc.
Pero no he conseguido concentrarme, porque pensaba que el encuentro con esa pareja había tenido mucho de humano. Había sido de una simplicidad cálida, sólo hecho de gestos y de apenas un par de frases. De repente, el atender a mi lectura, a sus argumentos construidos a partir del surrealismo puro de situaciones comunes, se me antojó irreal, mezquino, porque me introducía en una burbuja de ausencia, me desconectaba de ese encuentro casual que estaba empezando a disfrutar.
Digamos que el encuentro con esa pareja de ancianos activó en mí algún resorte sensible, y merecía de toda mi atención. Además, mientras hacía que leía, pude experimentar la sensación que suponía "salir de mi" y observar el cuadro: los dos viejos, la mujer leyendo el periódico en voz alta, y el hombre, manso, dejándola hacer, y mirándome de vez en cuando, girando levemente la cabeza, lo suficiente como para no hacérmelo notar, y yo haciendo como que leía.
Sólo entonces fui consciente de la plenitud de ese instante, de la carga de significado de ese rato de silencio.
El hombre me ha parecido muy solo. Muy bueno, pero muy solo. Lanzaba tímidos comentarios al aire, dirigidos aparentemente a nadie en particular, pero que sin duda esperaba que yo apostillara (lo que molestaba el sol, tan tendido a esa hora de la tarde.... la incredulidad ante la afirmación de Zapatero de que España es de los países europeos que menos notará la crisis... que si los vecinos de enfrente, los que estaban sentados en la terraza, merendaban...) Me ha dado un poco de lástima no replicar a ninguno.
Al final he decidido irme, y el hombre, viendo creo la oportunidad de dirigirme algunas palabras, me ha regalado un folleto de la campaña informativa del ayuntamiento de Madrid dirigida a los mayores: "Cómo protegernos ante el calor excesivo".
Después de intentar renunciar por cortesía, lo he cogido y le he dado las gracias. He dicho algo sobre los buenos hábitos de salir a la calle hidratado, y me he despedido. Me he ido con una extraña serenidad y con bastante emoción.
Creo que me he visto reflejado en la actitud del anciano. Me ha emocionado su mansedumbre, su potente serenidad. Ese comportamiento calmo estoy acostumbrado a verlo en las gentes de edad de los pueblos, en los ancianos que se asolean en los bancos de la plaza, que ven alargarse las sombras de los árboles, y sopesan la densidad del silencio. Lo que me ha sorprendido es haber podido descontextualizar ese comportamiento de un núcleo rural (donde es más proclive a manifestarse) y situarlo en una gran ciudad como Madrid.
No he visto en los ojos del anciano rasgos de tormento, aceleración, ironía, fastidio o desasosiego. Sólo serenidad.
Y ha sido un gran regalo.